El escritor brujo

Universalmente conocido por ser autor de una de las novelas clásicas de la literatura fantástica, El Golem, Gustav Meyrink, el escritor brujo, aglutina en torno a su persona tanto misterio como el más enigmático de sus personajes. Famosa es la anécdota de su intento de suicidio cuando, a los veinticuatro años, estando a punto de pegarse un tiro con una pistola, un desconocido deslizó bajo su puerta un folleto espiritista con el título “La vida que vendrá”. Ese gesto no sólo evitó su muerte prematura; también dio un giro fundamental a su vida, que desde ese momento quedaría para siempre entrelazada con un profundo interés y práctica del ocultismo. Esta inclinación por lo esotérico, unida a la enigmática y bellísima ciudad de Praga, en la que residió durante muchos años, estarían más tarde muy presentes en sus escritos.
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Menos conocida, en cambio, es la jugarreta que Meyrink preparó a los oficiales de aduana que solían inspeccionarle en sus frecuentes viajes de negocios a Dresden. En esa etapa de su vida gozaba de una gran riqueza económica y Gustav, acostumbrado a la vida bohemia propia del hijo ilegítimo de una actriz de la época, adquirió maneras prepotentes y una apariencia un tanto atípica. Vestía trajes estrafalarios, ultramodernos para la Praga de finales del XIX, y corbatas carísimas. Adquirió mascotas exóticas. Se hizo socio del casino de Praga y era asiduo de las fiestas privadas más selectas. De él se dice que, en una ocasión, condujo por  el centro de la  ciudad un carruaje  lleno de actores y cantantes agitando globos de colores. También que fue el primer ciudadano praguense en comprar un vehículo a motor. Todo un personaje que, inevitablemente, llamaba la atención de la policía aduanera en el momento de cruzar la frontera.
Harto de las inspecciones cada vez más frecuentes y exhaustivas de los oficiales, Meyrink diseñó un plan para darles un buen escarmiento. Entre los carísimos objetos de su propiedad, estaba un maletín hidráulico capaz de soportar la presión suficiente como para contener en su interior un gran número de toallas empapadas de agua. Y con eso fue con lo que lo llenó. Al llegar a la frontera, la policía aduanera formuló su pregunta habitual: ¿algo que declarar?
Ante la negativa de Gustav, el oficial dirigió la vista hacia el lujoso maletín de piel, que excedía el tamaño permitido, y le preguntó qué llevaba en él, a lo que el interpelado respondió que ropa sucia. Poco convencido por la respuesta, el guardia insistió en saber más detalles. Al ser informado de que se trataba de algunas toallas para uso personal, su extrañeza subió de grado. ¿Una maleta entera de toallas? Efectivamente, confirmó Meyrink. Se trata de toallas y están húmedas, porque recientemente había estado en un sanatorio y, al haber tenido que  marcharse con cierta premura, no había dado tiempo a secarlas.
La incredulidad del oficial iba en aumento, hasta el punto de que acabó exigiendo a Gustav que abriera el maletín y mostrara su contenido. El futuro escritor se negó, alegando, por un lado, que no tenía fuerza suficiente para bajarla del estante del tren donde se encontraba, debido al enorme peso de las toallas, y por otro que, de abrir el maletín, sería imposible volver a cerrarlo, y no pretenderían que continuara el viaje llevando las toallas en los brazos. Añadió que se dirigía a una reunión con gente muy importante, a la que bajo ningún concepto podía llegar tarde, de lo cual responsabilizaría al oficial de aduanas personalmente.
Visiblemente irritado, el guardia agarró el maletín, cediendo casi bajo el tremendo peso, totalmente inesperado, del mismo. Seguro de que al abrirlo encontraría dentro metales preciosos de contrabando,  dio aviso a su superior. A pesar de las repetidas advertencias de Meyrink, escoltado junto a la maleta a la oficina de aduanas, los policías lo abrieron. Un enorme montón de toallas húmedas se desplegó por doquier, triplicando el volumen de su continente. No hubo manera de volver a introducirlas en el maletín.
Media hora más tarde, Meyrink, flanqueado por dos enormes cestas llenas de toallas, que los oficiales de aduana habían localizado a toda prisa, continuaba su camino. La policía aduanera no volvió a molestarle más.
Extraído de Vivo: The Life of Gustav Meyrink, por Mike Mitchell.
Bibliografía recomendada: Praga en tiempos de Kafka, por Patrizia Runfola.

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