Cuando hablamos de escribir

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Incluso ahora que escribo esto reflexionando para mis adentros, no puedo evitar tener que hacer un esfuerzo para ignorar la eterna cuestión, siempre presente en algún lugar de la recámara de  "¿qué le parecerá al lector lo que escriba?". La cosa es más fácil en la intimidad de Word, cuando sabes que el único botón que pulsarás al terminar será el de "guardar archivo" y no el de "publicar". Es ahí donde verdaderamente se puede dejar volar la imaginación y pulsiones de quien escribe, a sabiendas de que nadie leerá lo que tú no le permitas. Esta pequeña reflexión me sirve para introducir la cuestión que ha dado nombre al título de esta entrada: ¿de qué hablamos cuando hablamos de escribir? La cual me conduce a su vez a otra incógnita, y es la de cuántos escritores se han llegado a hacer esta pregunta.

Hay mucha gente que escribe. Algunos muy bien, otros aceptablemente y otros rematadamente mal. Incluso hay quien se maneja con soltura en el aspecto técnico y sin embargo, carece de un mensaje o mundo interno verdaderamente interesante que contar. En cualquier caso, el lector de calidad sabe que el grado de aceptación de un autor por el gran público o lo que es lo mismo, las cifras de ventas de sus libros (me pregunto si no habría que incluir también número de descargas ajenas al circuito editorial) no necesariamente correlaciona con su calidad literaria. Existe la idea, ampliamente extendida, de que escritor, profesional al menos, es exclusivamente el que publica. Un parámetro, de entrada, bastante flojo, teniendo en cuenta la baja calidad no tan difícil de encontrar en más de un superventas.

Así que, parafraseando el conocido título de Murakami, ¿de qué habla quien escribe cuando habla de escribir? La persona que escribe, ¿se pregunta por qué o para qué lo hace? ¿dónde acaban y empiezan sus aspiraciones? ¿se trata de una pulsión interna, una forma de catarsis, por otro lado común a muchas otras facetas artísticas? ¿amor al lenguaje? ¿deseo de contar una historia? ¿disfrute personal? ¿afán de notoriedad?

La pregunta puede parecer baladí y sin embargo, es sumamente importante. Cualquier actividad que realicemos, ya sea por ocio, obligación, trabajo o ambición, debe tener un porqué, un objetivo claro y definido, fruto de un posicionamiento personal. De lo contrario, corremos el peligro de dejarnos llevar por la corriente, confundiendo nuestros motivos con los tópicos imperantes. En el mundillo que nos ocupa, un ejemplo bastante obvio sería el de aspirar a escribir un libro que venda mucho y llegue al mayor número de lectores posible, sin preocuparse en exceso por su grado de calidad, cuando lo que verdaderamente nos movió en un principio, esa primera vez que cogimos la pluma, fue plasmar en caracteres alguna historia que nos agitaba el corazón.

Existe un libro muy ilustrativo bajo el título Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, por Daria Galatea, que además de aportar interesantes apuntes sobre las vidas de grandes escritores y sus formas de ganarse la vida,  invita sin quererlo, o quizá queriendo, a la reflexión. Leyendo sus páginas, no se recibe la impresión de que los maestros de la literatura se mataran por figurar en primera plana en los periódicos. Sin duda, no faltó quien aspiraba a ganarse la vida escribiendo, pero en cualquier caso, hasta resulta una obviedad decir que la preocupación por la calidad del texto,  la corrección del lenguaje y otros aspectos no menos importantes, como la construcción del personaje o una adecuada ambientación, es una constante entre quienes pasaron a formar parte de  la historia de la literatura.


Quizá me engañe al pensar - de hecho, es bastante probable - que hubo un tiempo, por contraposición al presente, en el que imperaba el gusto por lo bueno. Seguro que en el pasado, como ahora,  hubo quien sólo, o quizá además, buscó fama y reconocimiento escribiendo. Tampoco es cierto que actualmente no haya escritores conocidos de extraordinaria calidad. Almudena Grandes, Lola Beccaria, Haruki Murakami o Paul Auster, por mencionar sólo unos pocos, son buenos ejemplos de ello. Y desde luego, no se critica desde este blog a quien busca publicar por mero reconocimiento o afán de entretener al lector. Lo que no me gusta es que se confundan las churras con las merinas, como ocurre cuando un autor mediocre, o incluso tolerablemente correcto, se  acaba creyendo lo que no es, confundiendo el éxito comercial con su grado de pericia real. 

Fabricar un libro de gran consumo, asimilable en su modalidad a una superproducción cinematográfica de serie B, no hace de nadie un buen escritor. Por mucho que el producto escale las listas de los más vendidos. Que nadie se alarme: no me  las voy a dar aquí de intelectual. He disfrutado mucho con libros que para nada cumplen los requisitos de lo que se entiende por buena literatura. Sin embargo, eran honestos. Tal vez sus autores buscaran la fama, o la venta, pero no pretendían ser algo distinto de lo que en realidad eran. Libros sencillos, sin poses, escritos para contar una historia. Es interesante ver cómo la personalidad del autor se plasma en sus escritos. Quien busque la fama de forma precipitada escribirá textos rápidos, con argumentos pobremente armados, diálogos superfluos y personajes planos sobre tópicos manidos de gran consumo: misterio a resolver, preferiblemente con algún tinte esotérico, historia de amor de fondo y final feliz. Lo mismo que una producción de cine de serie B. No es que lo critique. Sobre gustos, pintan colores. Personalmente, no me gusta. Pero ésa es otra cuestión.

Comentarios

  1. Interesante reflexión, Esther. Creo que lo más importante, como en otros aspectos de la vida, es sentir que somos auténticos al realizar nuestra obra. La autenticidad, en mi opinión, es que el sentir, pensar y hacer estén bien alineados, sin contradicciones entre ellos.
    Aprovecho para darte las gracias por tu interesante blog. Espero que publiques más artículos pronto.

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