Su único hijo

Pues sí, vamos a tener la osadía de opinar sobre obras consagradas, aprovechando que recientemente hemos recuperado una de ellas, Su único hijo, de Leopoldo Alas. Decir que no es el mejor de sus libros, y que quien no haya leído La Regenta debería subsanarlo cuanto antes, con ser verdad, no sería sino volver sobre lo repetido más de mil veces en los textos sobre literatura. Intentemos ser algo más originales.
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Ser más original quizá pase por opinar sobre el libro desde el punto de vista del lector común, como si en lugar de haber sido escrito en 1891 acabara de salir hoy de la imprenta. Desde esa perspectiva, confieso que la historia no me ha parecido la más emocionante del mundo; si acaso, conserva el mérito de probar que la naturaleza humana es la misma en todas las épocas, tanto en las que se escribe a pluma como en ordenador. Me pareció Clarín algo menos recargado que Galdós, con quien le comparo no sólo por contemporáneo, sino porque su Marianela, escrita en 1878, es el último clásico que leí antes de éste y por lo tanto, el que me viene con más facilidad a la cabeza. Aunque tal vez confunda recarga con el lenguaje altamente dramático del personaje porque, ahora que hago memoria, también leí hace años Fortunata y Jacinta y es una de las novelas de las que mejor recuerdo guardo y recomiendo fervientemente.
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Sea como fuere, lo cierto es que carece Alas de retórica recargada y eso le hace escritor muy de mi gusto, fácil de leer, sencillo y con esa frescura que transmite la prosa elegante, libre de florituras. No es la única sensación que transmite el texto; hay otra que me cuesta más definir, cuya mejor descripción quizá sería la de “calidad en su estado más puro”. Pues esa sencillez de Clarín no está reñida con el placer de leer un texto de la mejor categoría; al contrario, de lo experimentado con la lectura de este libro me da la sensación de que es precisamente esa simplicidad en el estilo lo que permite apreciar, de una manera relajada y muy refrescante, la maestría de su autor.
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No quiero terminar este comentario sin reflejar un pensamiento que me surgió en mitad de la lectura, precisamente al hilo de lo que acabo de expresar. Qué gran diferencia, qué abismo de sensación con otros libros más actuales, probablemente infinitamente más leídos, que a pesar de contener historias seguramente más divertidas, no les llegan los mimbres, que en esto de la artesanía literaria no es otra cosa que el lenguaje y su construcción, ni a la suela del zapato. Esto sonará a perogrullada y bien está que suene, porque lo es. Comparar a un escritor clásico con alguno de los superventas actuales, por mucho que haya gente que haga hasta comentarios de texto sobre estos últimos, no deja de ser una estupidez. Pero sí que me llevó a rescatar una conclusión largamente olvidada: si quiere usted llegar a ser buen escritor, haga el favor de leer buenos libros.
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