Las diecinueve cajas de Larra


Diecinueve cajas de secretos. Diecinueve sorpresas de orden caprichoso o quizá dejado a la elección del visitante. Diecinueve tesoros. Al menos para alguien que se considere admirador de Larra, pues ese es el título y composición de la exposición temporal que sobre este escritor alberga estos días el Museo Romántico de Madrid.
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Preside la pequeña sala, situada a la derecha de la entrada principal, el retrato de Mariano José de Larra. La iluminación es escasa, por una buena razón: al abrir el visitante las cajas, el tesoro que cada una de ellas contiene se ve envuelto con la luz que se enciende en el interior.
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Cinco piezas de la exposición me dejan sin habla. La primera de ellas, una levita azul de paño y terciopelo que, tras mirar repetidamente el cuadro, concluyo que es la misma que lleva en él: azul marino con cuello negro. O si no lo es, cuando menos es idéntica y eso sí que me parece improbable (que sean dos idénticas y no la misma) Qué pequeño es Larra, pienso, mientras miro la levita e intento hacerme una idea del cuerpo que albergó dentro. No debió de rebasar el metro sesenta de altura. Probablemente, deduzco, como muchos de sus coétaneos.
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En otra de las cajas grandes encuentro una de sus camisas. Exquisito gusto, el de Larra. Ya lo decía su descendiente, Jesús Miranda de Larra, que por cierto es quien ha cedido todos estos objetos al museo. Refinado y muy elegante, estoy de acuerdo. Por mucho que sea ropa del siglo XIX, el buen gusto es indudable. Miro la camisa con minuciosa atención: ¿es esa de ahí una mancha causada por el paso del tiempo? ¿o tal vez no? ¿podría ser...? Aquí sí que no puedo resistirme y le pregunto al vigilante de la exposición: "¿sabe usted si esa es la misma camisa que llevaba cuando se suicidó?" El hombre se encoge de hombros. "No lo sé" - responde - "Si no lo pone ahí..." dice, señalando el cartel que describe la pieza.
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No lo pone, que va. Ya me lo he leído de arriba abajo. Y la parte del catálogo para lectura en sala que habla de ella, también. Así que le doy las gracias y me quedo con la duda de saber si esa mancha de color ocre es la oxidación de dos siglos o la sangre del escritor. No me llaméis morbosa. Después de todo, es tremendamente personal, esta exposición. Entre el carácter tan íntimo de algunos objetos y la semipenumbra que reina en la sala, casi parece que va a entrar por la puerta el propio Larra. Vaya, si lo llego a saber, me traigo un ejemplar de Macías, o El Doncel de Don Enrique el Doliente, que me gustó mucho, para que me lo firme. O si no, la camiseta, me da igual. La guardaré como oro en paño.
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Sigue el chaleco beige, también exquisito, con el que me acabo de formar una idea de su estilo y después, en otra caja de escaso tamaño, como para confirmar que lo mejor viene en tarro pequeño, un mechón de pelo, atado con un hilo negro y metido en otra cajita de ónice y metal dorado. El color es castaño intenso, muy bonito, y joven, muy joven. Demasiado para morir tan pronto. Era costumbre entre las mujeres de la época conservar así el cabello de sus familiares fallecidos. Gracias a eso y al celo de la familia Larra, ha llegado hasta nosotros el más impactante y personal de todos los recuerdos. Madre mía. En este punto, sí que me he quedado sin habla.
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Pero decía arriba que son cinco las piezas que me han provocado ese efecto y falta mencionar la última: un ejemplar manuscrito de El Pobrecito Hablador, impecablemente conservado, a juzgar por la blancura de un papel que hubiera esperado encontrar amarilleado por el paso del tiempo. Toda una pieza mítica que inspira casi un sentimiento reverencial.
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Salgo de la exposición pero no se acaba ahí mi periplo porque, movida por un comentario del vigilante sobre dos pistolas de la colección permanente, "que dicen que una de esas fue la que usó para matarse, pero tampoco se sabe", saco una entrada para el Museo y lo recorro entero. Encuentro las pistolas en la sala de Larra. Qué pequeñas, también. Parece mentira que eso tenga fuerza para matar a alguien aunque el cañón, desde luego, es ancho. Otro descubrimiento mejor me espera: el retrato de Dolores Armijo, la amante de Larra y mujer por la que se quitó la vida. Regordeta, como todas las de su época. Elegantemente vestida pero, en mi opinión de siglo XXI en el que impera la mujer escuálida, muy poco agraciada. Y el peinado no le favorece nada. Miro a Larra, cuyo retrato cuelga al lado del suyo, y por poco se me escapa lo que pienso. Me callo porque no es asunto mío, pero es demasiado tarde. Me lo ha visto en la cara. Valiente metedura de pata. Ahora sí que es seguro que no me firma el Macías.

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Interesante:

Comentarios

  1. Anónimo1:16

    Cada día me gusta más lo que escribes yo creo que ya nos merecemos una novela, anímate
    Pepe

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