Arthur Conan Doyle

Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes, nació en Escocia en 1859. El tragediómetro empieza a contar ya desde su infancia, pues su padre era un hombre depresivo y problemático, enganchado al alcohol y las drogas, que le expuso a situaciones familiares muy difíciles desde la niñez. Al llegar a la edad adulta, se doctora en medicina. Su afición al deporte se manifiesta en su condición de jugador profesional de rugby, además de haber sido uno de los primeros practicantes del esquí durante su estancia en Suiza. También fue un hombre profundamente interesado en el espiritismo.
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Tras obtener la condición de médico naval, Conan Doyle se embarca en un viaje hacia África en el que lo pasa muy mal, al caer enfermo de malaria. Decidido a cambiar de rumbo, a su vuelta abre una consulta como oftalmólogo, se casa y tiene dos niños. Es entonces cuando da comienzo su carrera como escritor, tan brillante que a los cinco años abandonó el ejercicio de la medicina.
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Su personaje mítico, Sherlock Holmes, está basado en el cirujano Joseph Bell, que fue su profesor en la universidad y le impresionó vivamente por las extraordinarias dotes deductivas que empleaba para extraer conclusiones sobre las enfermedades de sus pacientes. De él nacería la idea de un detective que utilizara ese mismo método. Holmes aparece por primera vez en Estudio en escarlata, escrita en 1886.
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El padecimiento de su mujer, enferma de tuberculosis, supone una dura prueba en la vida del escritor, que se muda a diferentes países, como Suiza y Egipto, en busca de aires más saludables. Pero el mal sigue su curso imparable y en 1906, poco después de que le descubrieran un tumor que le originó parálisis, Louise fallece dejándole sumido en una depresión.
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En 1907 se casa por segunda vez, llegando a concebir tres hijos más. En 1918, ya a finales de la Primera Guerra Mundial, el mayor de ellos, habido de su primer matrimonio y con el que mantenía una muy mala relación, fallece en las trincheras. A partir de ese momento, el escritor, que ya había manifestado su interés por las prácticas de espiritismo, se declara un creyente convencido de las mismas, y pasa el resto de su vida, hasta su muerte en 1930, tratando de establecer contacto con su hijo fallecido, apabullado por la culpa.
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La maldición más llamativa de este escritor fue su propio personaje, Sherlock Holmes, que no era de su agrado y a pesar de ello, causaba furor entre los lectores. Harto de la demanda de libros que el detective le ocasionaba, decidió matarlo despeñándolo por unas cataratas en Suiza, durante un enfrentamiento con su archienemigo, el profesor Moriarty. Pero el clamor del público fue tan grande, que no tuvo más remedio que resucitarlo en otra novela, El sabueso de los Baskerville. Indestructible, este Sherlock Holmes.

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